Santo Domingo, RD. – Los dominicanos decimos que aquí el día más claro llueve, pero lo que hoy estrenamos es la temporada más crucial del clima de la isla que nos empuja con mayor interés hacia playas y montañas sin importar un sol ardiente o nublados. Este domingo 21 de junio estrenamos en el hemisferio norte la entrada oficial del verano, y en República Dominicana la estación llegó con todo su peso: termómetros de hasta 36 grados y una sensación térmica que puede escalar a 40, producto de una combinación de El Niño, un sistema de alta presión y el característico polvo del Sahara que cruza el Atlántico desde África en esta época del año.
De esas combinaciones para recibir el verano habló este mismo domingo la directora del Instituto Dominicano de Meteorología (Indomet), Gloria Ceballos, quien explicó que, aunque en el lenguaje cotidiano dominicano se habla simplemente de «ola de calor», el fenómeno combina varios factores atmosféricos que mantienen el aire caliente cerca de la superficie durante varios días seguidos. El mapa de calor de Indomet ya registraba hoy puntos como Sabaneta, con 36.6 grados, y Santiago Rodríguez, con 36.5.
Pero el verano dominicano no es solo una cifra en el termómetro: es también la temporada en la que el país despliega su doble identidad turística más claramente que en ningún otro momento del año.
Por un lado, las costas color turquesa que han hecho famosa a la isla en el mundo entero; por el otro, una cordillera fresca y verde, a apenas un par de horas de distancia, donde el calor caribeño parece no haber llegado nunca. Y, atravesándolo todo, el carácter de un pueblo que convierte el calor —y hasta el riesgo de un ciclón— en una invitación a vivir con más intensidad, no con menos.
Un destino que cada vez depende menos de una sola temporada

Hay un dato que conviene tener presente al hablar de este verano: la temporada alta tradicional del turismo dominicano sigue siendo el invierno, cuando huyen del frío los viajeros de Norteamérica y Europa entre diciembre y abril. Sin embargo, esa frontera estacional se desdibuja cada vez más.
Entre enero y mayo de este 2026, el país recibió 5.64 millones de visitantes, un 8% más que en el mismo período del año anterior, con un crecimiento del 10.8% en los arribos aéreos, según las cifras presentadas por el ministro de Turismo, David Collado.
Lo más revelador es de dónde viene ese crecimiento adicional: si bien Estados Unidos y Canadá siguen siendo, por amplio margen, los principales mercados emisores, Argentina y Colombia ya se ubican entre los cinco países que más turistas aportan, y el mercado europeo —con Francia a la cabeza, junto a Alemania, que en marzo creció un 36%— ha ganado un peso que antes se concentraba casi exclusivamente en los meses fríos.
Esa diversificación se nota incluso en plena temporada baja caribeña: a finales de mayo, en pleno umbral del verano, el aeropuerto de Punta Cana —que concentra dos tercios de las llegadas aéreas al país— registró 712 vuelos internacionales programados en una sola semana, un repunte del 4.7% respecto a la semana anterior.
El propio Ministerio de Turismo lo ha resumido con claridad: el turismo dominicano dejó de depender de un solo mercado emisor, de una sola temporada o de un solo producto. Eso significa que la oferta de la que habla este reportaje —desde las playas de Montecristi, Puerto Plata a Samaná, o desde Miches, Punta Cana, Bayahíbe a Pedernales hasta las montañas de Jamao al Norte o regiones como las de San José de Ocoa, Cachote en Barahona o la Sierra del Bahoruco con su Hoyo de Pelempito— ya no solo espera al viajero de invierno, sino que cada vez recibe a más visitantes que eligen el calor del verano dominicano, con todo y ola de calor, como su temporada de vacaciones.
Sol y playa, con la energía de siempre

A pesar del calor, o quizás gracias a él, el verano sigue siendo temporada alta para buena parte de la oferta de sol y playa del país. Punta Cana, Bayahíbe, Samaná, Puerto Plata y la costa sur continúan recibiendo a miles de viajeros que encuentran en el mar Caribe el remedio más natural contra las altas temperaturas: aguas cálidas pero refrescantes, brisas marinas constantes en la costa y una vida nocturna y gastronómica que no se detiene ni con 35 grados a la sombra.
Es, además, la época en que cobran fuerza las celebraciones populares que tiñen de color y música los pueblos costeros, desde fiestas patronales hasta jornadas de playa que se extienden hasta la noche, todo bajo cielos despejados y atardeceres especialmente intensos por la propia presencia del polvo sahariano en la atmósfera.
La otra cara del verano: montañas frescas a un par de horas

Para quienes buscan un respiro literal del calor, República Dominicana guarda una de sus cartas mejor jugadas: Jarabacoa y Constanza, en el corazón de la Cordillera Central, en la provincia La Vega. Jarabacoa, conocida como la Ciudad de la Eterna Primavera, se distingue por su clima fresco, paisajes verdes y amplia oferta de ecoturismo y aventura, con temperaturas que oscilan entre los 16 y los 25 grados durante todo el año.
Sus saltos de agua en el Jimenoa y el Baiguate, La Confluencia de los ríos Yaque del Norte y Jimenoa, los balnearios ubicados a lo largo de la carretera hacia Manabao, por allí, y el cercano Pico Duarte —el punto más alto del Caribe, con 3,087 metros— convierten a la zona en el destino de aventura por excelencia: rafting, canyoning, senderismo, parapente y cabalgatas entre pinares.
Constanza, a poco más de una hora de distancia, eleva la apuesta: con una altitud de 1,250 metros sobre el nivel del mar y una temperatura promedio anual de apenas 18.4 grados, es conocida como la ciudad más fría del Caribe. Allí se encuentra el Salto de Aguas Blancas, la cascada más alta de la región con 92 metros, rodeada de la única vegetación de tipo alpino que existe en todas las Antillas, además de valles sembrados de fresas, flores y hortalizas que abastecen buena parte del mercado nacional y que al surcarlo la vía conduce hacia Valle Nuevo
No es casualidad que junio sea también el mes del tradicional Festival de las Flores de Jarabacoa, una celebración que combina identidad local, naturaleza y turismo en plena temporada de mayor afluencia hacia las montañas.
Tres pueblos con encanto que pocos turistas conocen
Más allá de Jarabacoa y Constanza, la cordillera dominicana guarda otros tesoros que el verano hace todavía más atractivos. En la provincia Espaillat, a unas tres horas de Santo Domingo, Jamao al Norte se define a sí mismo como una zona de valles, montañas, neblina y ríos color turquesa, y es considerado el pulmón de su provincia. Allí, el proyecto de turismo comunitario Jamao Ecotours —impulsado por el Clúster Ecoturístico de Espaillat con apoyo del BID y la cooperación japonesa— lleva a los visitantes en kayak y tubing por el río Yásica, a cañones como Cola de Pato y Arroyo Frío, y a balnearios de aguas cristalinas como Los Tinajones, todo guiado por jóvenes capacitados de las propias comunidades. Lo más curioso es que, a pocos minutos de estas montañas, se llega a playas como Cabarete, (Puerto Plata) una de las mecas mundiales del kitesurf, lo que convierte la región en una de las pocas zonas donde se puede combinar río, montaña y playa en un solo fin de semana.
En la provincia de Santiago, San José de las Matas —cariñosamente apodada Sajoma— es el municipio de mayor extensión territorial del país, enclavado en plena Cordillera Central. Su clima fresco y seco lo convirtió, ya desde la época colonial, en un destino de salud, al punto de que el propio Rafael Leónidas Trujillo pasó allí varios meses de retiro en 1932.
Hoy sus atractivos van desde el mirador El Fuerte y la centenaria Parroquia San José hasta los balnearios del río Amina, sus aguas termales y el parque acuático La Ventana, sin dejar de lado su gastronomía propia de casabe y «panecico».
Muy cerca, en la vecina provincia de Santiago Rodríguez, Monción ofrece uno de los paisajes más sorprendentes del interior del país: la presa más alta de toda la región del Caribe, con 119 metros de altura, que forma el tercer lago artificial más grande de las Antillas. Sus miradores sobre el embalse, el Salto de Jicomé, las cuevas de Durán y Clavijo y la llamada Ruta del Casabe completan la oferta de un municipio que, además, celebra cada junio sus fiestas patronales en honor a San Antonio de Padua, con desfiles y música popular en plena temporada de verano.
Hacia el sur, Barahona y Pedernales: cuando la playa y la niebla se dan la mano

El suroeste dominicano regala quizás el contraste más radical de todo el país entre sol y montaña, a veces a apenas una hora de distancia uno de otro. En Barahona, considerada la provincia de mayor biodiversidad del país, la Sierra de Bahoruco esconde Cachote, una pequeña comunidad ecoturística de bosque nublado ubicada a unos 1,200 metros de altitud.
Cachote, escondida en el denso bosque nublado del Parque Nacional Sierra de Bahoruco (en las alturas de La Ciénaga, Barahona), es un paraíso de temperaturas frescas, famoso por su biodiversidad y turismo comunitario
Allí la temperatura promedio ronda los 18-20 grados, muy lejos del calor de la costa, y el paisaje se llena de helechos, orquídeas y bromelias endémicas que solo crecen entre la niebla. El centro de visitantes Canto del Jilguero ofrece cabañas rústicas, zonas de acampada y el sendero de la Jibijoa, mientras rutas más largas descienden hasta el cañón del río Cortico para practicar canyoning. Es, en definitiva, un refugio fresco a menos de una hora de las playas y los yacimientos de larimar que han hecho famosa a Barahona.
Más al sur, Pedernales lleva ese contraste al extremo. Allí se encuentra Bahía de las Águilas, dentro del Parque Nacional Jaragua y reconocida internacionalmente por sus casi ocho kilómetros de arena blanca virgen y aguas cristalinas sin un solo hotel a la vista, recientemente destacada por Condé Nast Traveller junto a Punta Cana como uno de los grandes atractivos del turismo dominicano en el mundo.
Pero a apenas un trayecto de distancia, la misma Sierra de Bahoruco te fundirás en el Hoyo Pelempito, una espectacular depresión geológica rodeada de montañas que superan los 2,000 metros, donde las temperaturas pueden caer hasta cero grados en las madrugadas mientras en la costa el termómetro marca más de 30. Entre playas vírgenes, manglares, bosques nublados y arrecifes de coral, Pedernales resume en un solo territorio toda la diversidad climática que hace de este verano dominicano una temporada con tantas caras como ganas de explorarlas.
El verdadero clima dominicano: el de su gente
Si hay algo que el calor del verano no logra apagar —y que más bien parece avivar— es el carácter del dominicano. En los pueblos de montaña, donde se podría esperar una vida más reservada por el clima fresco, ocurre exactamente lo contrario: Jarabacoa destaca por el calor humano que desprenden sus habitantes, quienes son además muy serviciales, herederos de una hospitalidad que se nota tanto en un cafecito recién colado como en una conversación espontánea con un guía de montaña.
En la costa, ese mismo espíritu se traduce en la disposición constante a compartir, celebrar y recibir al visitante como si fuera de casa, sin que el termómetro ni la vigilancia ciclónica logren apagar las ganas de fiesta, de música y de playa.
Quizás esa sea la verdadera clave del verano dominicano: un país en el que hemos aprendido a convivir con el calor extremo y la temporada de huracanes sin perder un ápice de alegría, que ofrece tanto el chapuzón salado en una playa de Bayahíbe como el aire fresco de un atardecer en Constanza, y que, en ambos extremos del termómetro, recibe a quien llega con la misma calidez.
Para el viajero, la recomendación es sencilla: hidratarse bien, protegerse del sol entre las 11:00 de la mañana y las 4:00 de la tarde como recomienda Indomet, mantenerse atento a los avisos meteorológicos durante la temporada ciclónica, y decidir —según el ánimo del día— si el plan es de playa o de montaña. En República Dominicana, este verano, sobran las opciones para ambos.











