El otro dato que deja el estudio de la PUCMM sobre la contaminación en playas del este: lo que el zinc y el cobre dicen sobre el propio turismo que los genera

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Santo Domingo, RD. Nada alarmante ni peligros inminentes, pero…. El estudio de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM) sobre metales en las arenas de Punta Cana y Las Terrenas estableció en su conclusión más directa que es bajo el riesgo ecológico actual pero conecta sus resultados directamente con la industria que sostiene a ambos destinos: los puntos con mayor contaminación no son aleatorios, sino que coinciden con las zonas de mayor infraestructura turística.

La investigadora Jenny Gómez Ávila presentó el estudio «Evaluación de los niveles de metales en arenas de playas urbanas de Las Terrenas y Punta Cana, República Dominicana» levantado en diciembre 2024. Con ella un equipo de seis investigadores. Al exponer Gómez Ávila fue clara al identificar el origen probable de los metales más variables: descargas de aguas residuales, mantenimiento hotelero y escorrentías urbanas. Es decir, no se trata de una contaminación de fondo ajena a la actividad económica de la zona, sino de una huella que el propio crecimiento turístico deja en la arena que ese turismo vende como su principal atractivo.

Punta Cana, el punto más señalado

Uno de los hallazgos que menos espacio ha ocupado en la cobertura es la comparación directa entre los dos destinos: el factor de enriquecimiento resultó más alto en Punta Cana que en Las Terrenas. En el polo turístico más grande y de mayor densidad hotelera del país, el estudio detectó un enriquecimiento de moderado a severo para el zinc, severo en algunos puntos para el cobre y moderado para el níquel, con Bahía del Cortecito y playa Blanca como los sitios de mayores concentraciones de zinc.

Para una marca país que compite en el mercado internacional del turismo de sol y playa —donde la percepción de «playa prístina» es parte del producto que se vende— ese contraste entre destinos no es un detalle menor. Las cifras, según explicó la investigadora, muestran que los valores de cobre y níquel ya superan los niveles mínimos en los que podrían producirse efectos biológicos, aunque todavía se mantienen por debajo del umbral de efecto probable. Es, en otras palabras, una señal de alerta temprana antes que una crisis ambiental confirmada.

Una ventana que la propia investigadora advierte que no debe cerrarse

Lo que distingue a este estudio de un simple reporte de «todo está bien» es el tono de sus recomendaciones. Gómez Ávila insistió en que los resultados actuales no deben leerse como una autorización para relajar la vigilancia, sino como una línea base que permite actuar a tiempo. Entre lo planteado: ampliar el análisis a otros metales potencialmente tóxicos, repetir los muestreos en distintas épocas del año —el estudio actual se basó en una sola recolección, en diciembre de 2024— y, sobre todo, instalar un monitoreo permanente que permita cruzar el crecimiento de la actividad turística con la evolución de la contaminación.

Ese último punto es, en el fondo, el verdadero mensaje del estudio para el sector: hoy el riesgo es bajo, pero la investigación no puede quedarse en una sola fotografía. Si el turismo en ambas zonas sigue expandiéndose al ritmo actual sin que exista un sistema que vigile estos indicadores de forma continua, no hay garantía de que el diagnóstico de «bajo riesgo» se mantenga en el tiempo.

El matiz que la propia autora quiso dejar claro

Consciente de la sensibilidad del tema para una economía tan dependiente del turismo, la investigadora fue explícita en separar la advertencia científica de cualquier llamado a frenar la actividad. Su conclusión no apunta a restringir el turismo, sino a generar la información necesaria para tomar medidas preventivas antes de que el problema escale. Es una distinción relevante: el estudio no es una alerta roja sobre las playas dominicanas, sino un llamado a que la infraestructura ambiental crezca al mismo ritmo que la infraestructura hotelera.

Lo que queda pendiente

El propio equipo de investigación reconoce que este es apenas un primer corte. Faltan datos estacionales, un espectro más amplio de metales y, sobre todo, series de tiempo que permitan saber si el enriquecimiento detectado en Punta Cana es un pico puntual o el inicio de una tendencia. Mientras esos datos no existan, la pregunta que deja abierta el estudio no es si las playas están contaminadas —hoy no lo están de forma significativa—, sino si el país está preparado para monitorear a tiempo el costo ambiental de su propio éxito turístico.

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