Santiago, de los Caballeros.– Cuando un gobierno decide invertir en infraestructura fuera de la capital, no solo está construyendo carreteras o muelles: está decidiendo dónde vivirá la prosperidad de un país en los próximos veinte años.
Esa es, en el fondo, la apuesta que el presidente Luis Abinader, acompañado del ministro de la Presidencia, José Ignacio Paliza, puso sobre la mesa al presentar su visión de desarrollo regional para cuatro territorios que hasta hace poco permanecían al margen de los grandes flujos de inversión: Manzanillo, Punta Bergantín, Cabo Rojo y Miches.
Ayer en Santiago, el presidente Luis Abinader, junto con el ministro de la Presidencia, José Ignacio Paliza, presentó la visión de gobierno sobre desarrollo regional, impulsando Manzanillo, Punta Bergantín, Cabo Rojo y Miches con grandes proyectos de infraestructura y nuevas oportunidades de inversión, actividad productiva, formación técnica y generación de empleos.
Estos focos de inversión concentran proyectos que articulan infraestructura portuaria, energía, industria, turismo, vialidad y formación para dinamizar las economías locales.
La decisión tiene un peso estratégico que va más allá del anuncio protocolar. Durante años, el crecimiento económico dominicano se concentró de forma desproporcionada en el Gran Santo Domingo y en los polos turísticos ya consolidados del este. Diversificar esos motores —llevándolos al noroeste, al sur profundo y a la costa norte— no es solo una cuestión de equidad territorial, sino una decisión de política económica con implicaciones directas sobre la resiliencia del modelo de crecimiento del país.
Manzanillo: el puerto que reordena el noroeste
El caso más ambicioso es, sin duda, Manzanillo. El plan maestro que el Gobierno despliega en esa provincia articula infraestructura portuaria, generación energética, desarrollo industrial y recuperación del patrimonio socioambiental en una sola estrategia integrada, algo poco habitual en la planificación territorial dominicana.
El puerto de Manzanillo, con 242 metros de atraque y una ejecución física que ya supera el 50 %, está proyectado para entrar en operación en el primer trimestre de 2027. Su entrega no es un dato aislado: se trata de la pieza que debe convertir al noroeste en un nodo logístico capaz de atraer inversión productiva que hoy no tiene por dónde salir al mercado internacional.
A esa apuesta portuaria se suma un componente energético de gran calado: la aspiración de convertir la zona en uno de los principales puntos de generación eléctrica del país, con un aporte proyectado de más de 800 megavatios al sistema nacional.
En un país donde la estabilidad energética sigue siendo una de las principales exigencias del sector productivo, sumar capacidad de generación desde el interior del territorio —y no solo desde los centros tradicionales— es una señal de que el Estado está pensando en la matriz energética del futuro, no solo en la del presente.
El paquete se completa con la circunvalación de Navarrete, que impulsará el ecosistema industrial de la zona y que el Gobierno prevé concluir antes de que termine 2026, además de la creación de una central regional del Infotep, orientada a formar la mano de obra técnica que ese entramado industrial va a necesitar. El componente social no queda al margen: la renovación del cuartel policial, el ordenamiento territorial y un espacio cultural dedicado a la industria bananera buscan que el crecimiento económico no se produzca a espaldas de la identidad y la seguridad de las comunidades.
Punta Bergantín: la costa norte vuelve al radar turístico
En Puerto Plata, la apuesta tiene otro perfil. Punta Bergantín se plantea como un polo para dinamizar el turismo a través del desarrollo hotelero, vivienda e inversión privada, con el objetivo declarado de devolverle a la costa norte el protagonismo que supo tener como destino turístico. Es una señal de que el Gobierno no está dispuesto a que el crecimiento del sector se concentre exclusivamente en los destinos ya maduros del este, sino que busca abrir nuevos frentes de inversión privada apalancados en infraestructura pública.
Cabo Rojo: Pedernales, de provincia postergada a destino en expansión
Pocos ejemplos ilustran mejor el cambio de escala que Cabo Rojo, en Pedernales, una de las provincias históricamente más rezagadas del país. El desarrollo portuario de la zona, que cerrará 2026 con alrededor de 200,000 turistas y proyecta llegar a 350,000 el próximo año, se combina con la puesta en marcha del aeropuerto de Oviedo, llamado a generar cientos de empleos directos, y con nuevas conexiones viales que integran a la región con el resto del país.
El ministro Paliza fue específico sobre los plazos: el primer hotel de la zona, con 500 habitaciones, deberá estar terminado en febrero de 2027, mientras otros dos establecimientos hoteleros se encuentran en construcción y ya se negocia un cuarto proyecto. Ese ritmo de ejecución —con fechas concretas y proyectos en curso simultáneo— es lo que distingue un anuncio político de una política de Estado: la diferencia entre prometer un polo turístico y estar, de hecho, construyéndolo.
Miches: preparar al territorio antes de que llegue la inversión
El caso de Miches, en el este del país, aporta un matiz importante a toda la estrategia: la inversión en carreteras, servicios y capacitación se plantea como condición previa, no como consecuencia, de la expansión turística. Es un reconocimiento implícito de que el crecimiento económico sin infraestructura ni formación de las comunidades locales termina generando más desigualdad que desarrollo, y que preparar el territorio es tan importante como atraer la inversión misma.
Una apuesta con implicaciones de largo plazo
Lo que conecta a estos cuatro polos —más allá de la geografía que los separa— es una misma lógica de intervención estatal: usar la inversión pública en infraestructura como palanca para atraer inversión privada, y usar la formación técnica como garantía de que esa inversión se traduzca en empleos para la población local, no solo en crecimiento estadístico.
Es una apuesta que no está exenta de riesgos. La ejecución de obras de esta envergadura suele extenderse más allá de los plazos anunciados, y la promesa de empleos y actividad productiva solo se cumple si la infraestructura efectivamente atrae inversión privada sostenida, algo que dependerá tanto de la ejecución gubernamental como de las condiciones macroeconómicas y de competitividad del país en los próximos años.
Con todo, la decisión de diversificar los motores de crecimiento del país —sacándolos de sus centros tradicionales y sembrándolos en el noroeste, el sur y la costa norte— es la clase de decisión estructural que, si se sostiene en el tiempo, termina definiendo el mapa económico de una nación durante generaciones.








