María Trinidad Sánchez, RD. – Hay lugares en República Dominicana que uno siente que han existido siempre en los mapas pero nunca del todo en la realidad. Sitios donde el paisaje promete y la tierra da, pero donde llegar era, hasta ayer, una aventura que pocos se animaban a emprender por placer. El Bajo Yuna y las zonas arroceras colindantes entre Nagua y San Francisco son unos de esos lugares a poner en el mapa de las aventuras.
El presidente Abinader inauguró ayer dos obras viales en las provincias Duarte y María Trinidad Sánchez que suman más de 63 kilómetros de asfalto nuevo. Para las comunidades son caminos al progreso. Para el viajero curioso, para el turista que vista el país y para el dominicano que cada fin de semana sale a recorrer el interior del país para disfrutar de la naturaleza y la cultural, son la llave de un territorio cargado de ríos, arrozales, cacao y paisajes húmedos que el turismo interno apenas ha comenzado a descubrir.
Las lomas húmedas que rodean Nagua, otro.

Este domingo, el presidente Luis Abinader entregó dos obras de infraestructura vial en el nordeste del país que, sumadas, representan más de 63 kilómetros de vías asfaltadas en territorios que combinan una riqueza agroproductiva extraordinaria con un potencial ecoturístico que apenas espera ser transitado.
Para las comunidades beneficiadas, estas carreteras son una promesa cumplida y el fin de décadas de aislamiento. Para el viajero dominicano que busca destinos auténticos, son una invitación abierta a explorar una región que el turismo interno tiene pendiente desde hace demasiado tiempo.
El Circuito Vial Bajo Yuna: 49 kilómetros que reordenan el nordeste
La primera obra, y la más extensa, es el Circuito Vial Bajo Yuna, construido por el Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones. Con una extensión principal de 42.8 kilómetros más 6.2 kilómetros de vías internas, el circuito conecta las provincias Duarte y María Trinidad Sánchez, entrelazando comunidades que hasta ahora vivían prácticamente incomunicadas: La Reforma, Las Coles, La Jagua, El Jobo, Jobo Afuera, Molenillo y La Garza, entre otras.
El circuito no termina en sí mismo: su diseño lo articula directamente con la autopista Juan Pablo Segundo y con la carretera Nagua–Samaná, lo que convierte a estas nuevas vías en eslabones de una cadena de movilidad que une el Cibao con la costa nordeste y la península de Samaná. Dicho de otra manera: quien salga de Santiago o de Santo Domingo en dirección a la Bahía de Samaná tiene ahora la posibilidad de tomar un desvío hacia el corazón verde del Bajo Yuna sin miedo a quedar atascado en un camino de tierra.
El Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones estima que la obra impacta directamente a más de 20,000 personas, con un efecto indirecto sobre más de 30,000, entre agricultores, familias rurales y pequeños comerciantes cuya movilidad dependía hasta ahora de caminos que el agua y el tiempo hacían intransitables. El diseño incorporó soluciones específicas de drenaje para una zona que el propio gobierno reconoció como vulnerable a inundaciones, lo que garantiza la circulación incluso en los meses de lluvia, cuando el Bajo Yuna —fiel a su nombre— puede convertirse en un mosaico de charcos y derrumbes.
En el acto de inauguración, el presidente Abinader subrayó que «nunca antes se habían construido tantas carreteras» y reafirmó el compromiso de seguir cerrando distancias entre las comunidades del país. Anunció también que el Gobierno dará respuesta a otras necesidades identificadas en la zona, incluyendo una funeraria, un cementerio y más asfaltado en sectores aledaños.
El ministro de Obras Públicas, Eduardo Estrella, puso el acento en la dimensión productiva: el circuito llega, dijo, «en un momento clave», con el aumento de la producción de arroz en la zona. Pero su frase más evocadora fue otra: «Estamos llenos de vías que comunican unas comunidades con otras y mejoran la calidad de vida de la gente.» Una imagen que, para el viajero, tiene una lectura adicional: comunidades que antes estaban cerradas al visitante externo empiezan a abrirse al intercambio, al comercio rural y, ¿por qué no?, al turismo de experiencia.
El senador por la provincia Duarte, Franklin Romero, completó el cuadro al destacar que el Bajo Yuna es una de las zonas agroproductivas más importantes del país, con el arroz y el cacao como rubros estrella.
La reducción de costos logísticos y la disminución de pérdidas poscosecha que esta vía genera no solo benefician al productor: también hacen posible que un visitante encuentre en estas comunidades mercados locales activos, gastronomía de campo genuina y una identidad agrícola que es en sí misma un atractivo cultural de primer orden.
Mata Bonita–Los Memisos: 13.8 kilómetros y 50 años de espera

En el distrito municipal de Las Gordas, en el municipio de Nagua, el presidente Abinader inauguró la carretera Mata Bonita–Los Memisos, de 13.8 kilómetros de longitud, construida por la Empresa de Generación Hidroeléctrica Dominicana (Egehid) con una inversión superior a RD$281 millones. Estas comunidades conectan ahora de manera directa con la autopista Juan Pablo Segundo y la carretera Nagua–Samaná, permitiendo recorrer una especie de circuito de turismo interno.
De acuerdo a las revelaciones del presidente Abinader y de los comunitarios, los números hablan, pero la historia habla más alto. Y es que esta vía era un reclamo de más de 50 años de las comunidades de Los Memisos, Mata Bonita, Los Guayabitos y Las Catalinas. Medio siglo esperando lo que ahora es asfalto, contenes, alcantarillas, un puente badén, gaviones y señalización completa. La obra incluyó también accesos integrados y elementos adicionales que la propia comunidad solicitó, en un proceso participativo que el administrador de Egehid, Rafael Salazar, destacó como ejemplo de articulación entre el Estado y la ciudadanía.
La carretera cumple además una función estratégica para el sistema eléctrico nacional: garantiza el acceso seguro de equipos y maquinarias a la Central Hidroeléctrica Rosa Julia de la Cruz (Boba), lo que añade una dimensión de infraestructura energética al impacto comunitario de la obra.
Salazar fue claro en el acto al describir lo que la vía significa en términos cotidianos: «Es una bendición para ustedes tener esta obra de calidad y un honor para nosotros y para el presidente poder cumplir con lo que exige la comunidad, con el bienestar de la gente, con la salud de la gente y con el buen vivir de la gente.»
La gobernadora de María Trinidad Sánchez, Mirna López Polanco, contextualizó la obra en el marco de una transformación más amplia: durante la actual gestión, la provincia ha recibido más de 200 kilómetros de carreteras nuevas, incluyendo tramos como Arroyo Al Medio–Río Agua (13.5 km), Boba–Juncal (7 km) y San Rafael–Copeyito (12 km). El mapa vial de María Trinidad Sánchez se está redibujando, y con él, las posibilidades de moverse por una provincia que tiene en su frente la costa atlántica y en sus espaldas las estribaciones de la Cordillera Septentrional.
El representante comunitario Santo Burgos cerró el acto con una frase que resume lo que estas obras significan para quienes las esperaban: la carretera «no solo facilita la movilidad y la producción agrícola, sino que también representa vida, salud y seguridad» para los residentes.
Lo que el viajero puede descubrir ahora
Más allá de las reseñas de las inversiones en obras comunitarias del gobierno, la pregunta que importa es qué territorio se abre al viajero con estas nuevas conexiones. Y la respuesta es apasionante.
El Bajo Yuna es una cuenca fluvial de una belleza discreta y genuina, donde el río Yuna riega uno de los más extensos valles arroceros del país antes de desembocar en la Bahía de Samaná. Aquí espera el Parque Nacional Manglares del Bajo Yuna declarado por Ley 202-04 y Decreto 571-09.
El paisaje es una sucesión de arrozales espejados que cambian de color con las estaciones, cacaotales bajo sombra de árboles nativos, helechos gigantes en las márgenes de los caminos y un silencio de campo que contrasta radicalmente con el ritmo de las ciudades. Es el tipo de paisaje que el turismo rural y agroturístico busca activamente, y que hasta ahora permanecía fuera de los circuitos organizados por la dificultad de acceso.
La zona de Nagua y Las Gordas, por su parte, se ubica en el flanco atlántico del nordeste, en una franja costera que combina playas de arena gruesa con ríos que bajan de la cordillera entre vegetación densa. La Central Hidroeléctrica Boba y su embalse conforman un espacio de agua interior rodeado de colinas verdes que, con la nueva accesibilidad, tiene todas las condiciones para convertirse en un destino de naturaleza para quienes buscan salir de los circuitos turísticos más trillados.
Y la geografía de fondo es aún más prometedora: estas nuevas vías articulan territorios que están a distancia razonable de Samaná, de Las Terrenas y de Río San Juan, tres de los destinos más codiciados por el viajero dominicano contemporáneo que busca naturaleza, gastronomía local y autenticidad. El Circuito Vial Bajo Yuna no solo conecta comunidades entre sí: las conecta con esos destinos consolidados, creando la posibilidad real de rutas combinadas que antes eran logísticamente muy complejas.
Imagina salir de Santo Domingo, cruzar el Cibao, entrar al Bajo Yuna por sus nuevas vías, detenerte en alguna finca cacaotera o en un comedor de campo, continuar hacia la costa atlántica por Nagua, explorar la zona de Boba y cerrar el viaje en Samaná o en las cascadas de Cabrera. Ese circuito, que existía en el imaginario pero no en la práctica, hoy tiene asfalto de extremo a extremo.
Infraestructura que transforma la experiencia de viajar
En turismo, la accesibilidad no es un lujo: es el punto de partida de todo lo demás. Un paisaje extraordinario al que no se puede llegar con comodidad y seguridad es un paisaje turísticamente inexistente. Un producto gastronómico excepcional que no puede salir de su comunidad de origen es un patrimonio que solo sus propios habitantes pueden disfrutar. Una comunidad aislada no puede ser destino, por más que tenga todo para serlo.
Las dos obras inauguradas ayer en Duarte y María Trinidad Sánchez cambian esa ecuación. No crean el atractivo —el Bajo Yuna y las lomas de Nagua han sido extraordinarios siempre— pero lo hacen accesible. Y en ese sentido, son tanto una obra de desarrollo comunitario como una inversión en el potencial turístico de una región que el viajero dominicano tiene pendiente en su lista de descubrimientos.
El nordeste verde está más cerca que nunca. La carretera ya está. Solo falta el viaje.














