Nueva York, EE.UU. – La Tercera Evaluación Mundial de los Océanos (WOA III), presentada por Naciones Unidas, confirma que el calentamiento marino, la contaminación y la sobreexplotación amenazan con desestabilizar las economías costeras. Los expertos ponen el foco en el Caribe, la región del planeta más dependiente del turismo, donde la erosión de playas y la subida del nivel del mar ya golpean directamente a hoteles, aeropuertos y comunidades enteras.
Los océanos atraviesan uno de sus momentos más delicados en décadas. Así lo confirma la Tercera Evaluación Mundial de los Océanos (World Ocean Assessment III, WOA III), presentada el pasado 8 de junio en Nueva York tras cinco años de trabajo internacional. El documento, elaborado por cerca de 650 especialistas de 86 países y coordinado por el Grupo de Expertos de la ONU, se ha convertido en la radiografía científica más completa jamás realizada sobre la salud del mar, con más de 1.300 páginas repartidas en 60 capítulos que abordan desde la química del agua hasta la economía del turismo costero.
El propio secretario general de la ONU, António Guterres, resumió el diagnóstico con crudeza: el informe documenta una crisis cada vez más profunda, impulsada por el cambio climático, la sobrepesca, la pérdida de biodiversidad y la contaminación marina.
WOA III es la única evaluación global integral de los océanos del mundo, que abarca las dimensiones ambiental, económica y social. Representa el principal resultado del tercer ciclo del Proceso Ordinario para la Presentación de Informes y la Evaluación Mundial del Estado del Medio Marino, incluidos los aspectos socioeconómicos .
Cuatro amenazas que avanzan a la vez
La evaluación identifica cuatro grandes presiones que actúan de forma simultánea sobre el océano global: el calentamiento de las aguas, la pérdida de biodiversidad, la contaminación por plásticos y la sobreexplotación de los recursos marinos. A ello se suma un fenómeno que golpea de manera transversal a todos los continentes: el cambio climático está provocando erosión costera en todo el planeta, mientras la contaminación por residuos plásticos sigue en aumento y el Ártico podría quedarse sin hielo hacia mediados de siglo.
Para el profesor Pablo Sánchez-Jerez, de la Universidad de Alicante y uno de los especialistas que participó en la evaluación, el papel del océano va mucho más allá de lo ambiental: modula el régimen de lluvias, los vientos, las sequías y buena parte de la seguridad alimentaria mundial, según explicó a la agencia EFE.
El Caribe, el paraíso más expuesto

Si hay una región donde estas conclusiones adquieren una dimensión casi existencial, es el Caribe. El propio informe lo señala sin rodeos: es la zona del mundo con mayor dependencia del turismo. En 2019, esta actividad representó cerca del 14% del PIB regional, el 16% del empleo y más de una quinta parte de los ingresos por exportaciones, una proporción que, según las proyecciones citadas por los autores, seguirá creciendo hasta sostener casi uno de cada cinco empleos de la región en la próxima década.
Esa dependencia extrema convierte a las islas caribeñas en las más vulnerables cuando el mar cambia de humor. El caso de Aruba, citado como ejemplo paradigmático en el propio informe, resulta elocuente: una isla de apenas 105.000 habitantes y 178 kilómetros cuadrados que en 2017 recibió más de un millón de turistas. Ese desequilibrio entre tamaño físico y presión turística se repite, en distintas escalas, en buena parte del arco antillano.
Playas que retroceden
El diagnóstico sobre las costas es uno de los más contundentes del documento. Los autores constatan que, agravadas por la subida del nivel del mar, numerosas líneas de costa están en retroceso, lo que ha obligado a muchos destinos a intervenir de forma artificial sus playas mediante aportes de arena o estructuras de contención como escolleras y espigones. Sin embargo, advierten los expertos, estas soluciones de emergencia no están exentas de coste: pueden alterar la circulación del agua, degradar su calidad y provocar la pérdida de servicios ecológicos valiosos que las propias playas prestaban.
La ecuación económica es igual de preocupante. El informe subraya que las playas erosionadas o cubiertas de residuos, los arrecifes degradados y las aguas contaminadas resultan menos atractivos para los visitantes, lo que pone en riesgo directo los activos turísticos de los que dependen estas economías insulares.
Otros trabajos científicos consultados en paralelo confirman la magnitud del fenómeno: la subida del mar en la región ya se produce a un ritmo comparable, y en algunos periodos incluso superior, al promedio mundial, lo que anticipa una mayor destrucción de infraestructuras costeras, especialmente las vinculadas al turismo, del que dependen buena parte de los ingresos insulares.
El peso —y la huella— de los cruceros
El informe dedica una atención especial a la industria del crucero, que sitúa al Caribe en el centro del mapa: la región recibe alrededor del 44% de todos los pasajeros de crucero del mundo, muy por delante del Mediterráneo. En algunos destinos insulares, el número de cruceristas que desembarca cada año llega a superar a la propia población local.
Ese volumen de visitantes temporales tiene un reverso ambiental considerable. Según los datos recogidos en la evaluación, la industria de cruceros genera semanalmente 300.000 galones de aguas residuales, 8 toneladas de residuos sólidos y 25.000 galones de agua de sentina por barco, además de emisiones y otros subproductos que presionan a los ecosistemas marinos. Aunque los cruceros representan menos del 1% de la flota mercante mundial, son responsables de hasta una cuarta parte de todos los residuos generados por el conjunto de la flota, según cifras citadas en el documento.
Deuda pública y «externalidades invisibles»
Más allá del daño ambiental, los expertos alertan sobre un riesgo económico menos visible: el coste de gestionar el turismo suele superar los ingresos que efectivamente retienen los territorios. El informe advierte de que las pequeñas islas acumulan deuda pública a medida que crecen las llegadas de turistas, generando lo que los autores llaman «externalidades operativas»: gastos en infraestructura pública que terminan dejando a los países sin margen financiero para gestionar los propios impactos que ese turismo provoca.
Un llamado a repensar el modelo

La WOA III no se limita a diagnosticar; también plantea alternativas. Entre las vías que propone para el Caribe y otras regiones tropicales dependientes del mar figuran la inversión en datos que permitan medir el coste real del deterioro ambiental, el impulso a un turismo comunitario y de bajo impacto, la diversificación económica de los destinos y el uso de tasas turísticas —como las que ya aplican varios países— para financiar la protección de playas, arrecifes y manglares.
El mensaje de fondo, compartido por Naciones Unidas y por los científicos consultados, es que la ventana para actuar se está cerrando. Como resume el propio informe, algunos ecosistemas marinos ya se aproximan a puntos de no retorno, y para las economías del Caribe —construidas en gran medida sobre la promesa de playas blancas y aguas turquesa— esa es, literalmente, una cuestión de supervivencia.











