Santo Domingo, RD. – Los expertos del Centro Nacional de Huracanes (NHC) de Miami aún no han proporcionado, y no se espera que lo hagan, una explicación sobre la desintegración repentina de la pasada depresión tropical AL91 que amenazaba al Caribe a principios de Septiembre.
Su última actualización el pasado 4 de septiembre indicaba que el disturbio tropical estaba en proceso de organización y desarrollo, con una alta probabilidad (90%) de convertirse en un ciclón en los siguientes siete días y una probabilidad del 60% en 48 horas.
“Meteorólogos: El Caribe debe estar atento a posible tormenta tropical” titulaba el Nuevo Herald el pasado jueves 4. “Una amenaza se organiza en silencio: el disturbio tropical AL91 como sombra de un nuevo ciclón sobre el Caribe y la memoria de una década de tormentas”, titulaba Vive Dominicana la noche de ese mismo día. “Actualizan modelos de pronóstico para la potencial tormenta tropical Gabrielle”, titulaba el sábado pasada Caribbean News Digital.
Y es que las condiciones ambientales eran favorables para su desarrollo, por lo que se les alertó a los residentes del Caribe para monitorear su avance.
El reciente desenlace del disturbio tropical AL91, que se disipó a pesar de las altas probabilidades de desarrollo pronosticadas por el Centro Nacional de Huracanes (CNH) de Miami, sirve como un recordatorio contundente de las limitaciones y la incertidumbre inherentes a la predicción meteorológica. Este caso, sumado a las proyecciones para la temporada de huracanes del Atlántico, plantea un análisis crítico sobre la fiabilidad de las instituciones especializadas y el riesgo que ello implica para las poblaciones del Caribe.
El CNH y el Instituto Dominicano de Meteorología (Indomet) habían asignado al disturbio AL91 probabilidades de desarrollo que alcanzaban hasta un 97% en siete días. Sin embargo, lo que se esperaba que se convirtiera en un ciclón bien organizado, se encontró con condiciones que frustraron su intensificación, resultando en una desintegración.
Este evento no solo contradice las proyecciones inmediatas, sino que también pone de relieve la volatilidad de los factores atmosféricos, como la cizalladura del viento y las interacciones con otras masas de aire, que son difíciles de modelar con absoluta precisión.
Al mismo tiempo, este suceso se enmarca en un contexto más amplio de pronósticos para la temporada de huracanes del Atlántico. El 7 de agosto pasado el Servicio Meteorológico Nacional de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de EEUU (NOAA) advertía que a medida que la temporada de huracanes del Atlántico de 2025 entra en su pico histórico, las condiciones atmosféricas y oceánicas continúan favoreciendo una temporada superior a lo normal. Instaba a las poblaciones de la ruta de los a realizar preparativos avanzados.
El informe plantea que, basándose en la confluencia de factores como las temperaturas oceánicas casi récord y el desarrollo de «La Niña» se anticipaban entre 17 y 25 tormentas tropicales, de 8 a 13 huracanes y de 4 a 7 huracanes de gran intensidad como lo advertían en su primer informe del mes de mayo.
La aparente desconexión entre el pronóstico de alta actividad para la temporada y la disipación de un fenómeno específico como el AL91 genera una pregunta fundamental sobre la fiabilidad de estos modelos: ¿El riesgo para las poblaciones caribeñas es palpable?
Cuando las instituciones de alerta, que son la principal fuente de información para la preparación y evacuación, emiten pronósticos que no se materializan, se puede generar una fatiga de alerta. Esto puede llevar a la población a subestimar futuros avisos, incluso si el riesgo es genuino.
La desintegración de AL91 después de ser objeto de proyecciones tan contundentes puede dar lugar a un falso sentimiento de seguridad o, peor aún, a una desconfianza en los sistemas de alerta temprana. Este escenario es particularmente peligroso en una región tan vulnerable a los desastres naturales como el Caribe. Una alerta exagerada que no se cumple puede resultar en una preparación innecesaria, pero una alerta ignorada puede tener consecuencias devastadoras.
En conclusión, el caso del disturbio tropical AL91, en el contexto de una temporada pronosticada como «por encima de lo normal» por la NOAA, ilustra que la falta de certeza es un elemento inherente a los pronósticos meteorológicos. La lección crucial es que, si bien las alertas son herramientas vitales para la gestión de riesgos, deben ser interpretadas con una comprensión de su margen de error.
Es fundamental que las instituciones y los medios de comunicación no solo informemos sobre los pronósticos, sino que también eduquen a la población sobre el significado de las probabilidades y la naturaleza dinámica de los fenómenos atmosféricos, para así mitigar el riesgo de la desconfianza y la falta de preparación ante futuras amenazas.
Para República Dominicana agosto fue el mes más fatídico por el paso del devastador huracán David, al igual que la tormenta Franklin en 2023 Pero el ciclón George afectó al país un 22 de septiembre de 1998 y la tormenta Nouel a finales de octubre y Olga en diciembre, ambos en 2007. Sin embargo, zonas como las de Florida han sido atacadas por huracanes mayormente a partir de septiembre. El peligro para el Caribe, Centroamérica y Estados Unidos aún no ha pasado.











